REFLEXIONES EN CUARENTENA: miedo y confianza existencial

A medida que van transcurriendo los días van sucediendo cosas, “me” van sucediendo cosas. Cada cual tiene su experiencia única e irrepetible. La mía es que se me ha dado por escribir, leer, aprender, más de lo habitual, porque tengo más tiempo en casa. Esto sólo desde lo personal. Lo familiar es para otro momento.

Escuchaba esta mañana un video de Jim Selman hablando de la confianza. Comentaba que hay una confianza que surge de experiencias vividas, anteriores y conocidas; al repetirse esa misma experiencia, nos revive el conocimiento ya adquirido, y justamente desde ahí, nos hace emerger la confianza para enfrentar la situación. Es una misma ruta neuronal ya conocida que se repite una y otra vez.

Pero la pandemia que hoy estamos viviendo es una experiencia absolutamente desconocida para todos los habitantes del planeta Tierra. Y cuando hago esta generalización, es real. No nos sirve esa pregunta que aprendimos con el metamodelo del lenguaje para salir de ella ¿Todos los habitantes? Creo que es la primera vez en la cual no puedo salir de una generalización. Y es real.

La cuestión es ¿qué hacemos para generar confianza con una situación totalmente desconocida, que no sabemos cuándo va a terminar, ni estamos seguros de quién es, o cómo es nuestro enemigo? No nos sirve la confianza conocida. Necesitamos de otra más potente, que sale de lo más profundo de nuestro ser; algunos autores la llaman “confianza básica”, Selman la llama “confianza existencial”.

Y vos dirás, ¿pero de dónde la saco? Bueno, tengo una mal noticia: no tengo recetas. Pero la buena noticia es que puedo asegurar que existe, porque la siento. Sé que está ahí, sólo hay que conectarse con uno mismo. Te cuento cómo lo hago yo, por si te sirve. Lo primero que hago es revisar los “cuentitos” que me estoy contando. ¿Aparecen escenarios terroríficos, en los que crea que esto no tiene salida? No le escapo, es útil describirlo con todas las palabras, con todos los detalles posibles. No lo niego. Y luego empiezo a tratar de probar si eso que digo es cierto, que tiene asidero. Y así con cada pensamiento macabro que me nubla y me hace sentir miedo. Porque la idea es mirar al miedo de frente y sentirlo. No pasa nada. Es un miedo consciente creado por mis propios pensamientos. Es un miedo ancestral, aprendido, y aparece cuando percibo una amenaza a nuestra vida. Lo sé. Busco despegarme del miedo y ser su observador. En lugar de que él me tome a mí, yo lo tomo a él.

Ahora quiero buscar en qué parte de mi cuerpo siento el miedo. Para eso pongo una musiquita suave y cierro los ojos. Me empiezo a sentir más aliviada. Me gusta la sensación que empieza a invadirme. Llevo mi conciencia sólo a mi respiración, me quedo un rato ahí, no me quiero salir de ese estado, sólo sintiendo la respiración. De pronto, empiezo a sentir los latidos de mi corazón, ¡qué fuerte laten! Me concentro en esa sensación. Siento que todo mi cuerpo está ahí, qué raro, sólo siento mi corazón, como si el resto de mi cuerpo no existiera.

El miedo estaba en mi corazón. Voluntariamente empiezo a ralentizar la respiración, se va calmando. Ahora respiro libremente. Me siento aliviada. Vi y sentí al miedo. Ahora ya no lo veo tanto como mi enemigo. Más bien me da risa. Pero no me burlo de él, sólo me doy cuenta que yo no era el miedo, sólo sentía miedo.

Abro los ojos. Vuelvo, ¿en qué estaba? ¡Ah! Sí.

Bueno, la cosa es que no nos tenemos que creer todo lo que nos contamos. Entender que lo que sentimos es fruto de lo que pensamos. Además, creer en nosotros mismos. Comprender que hay cosas que podemos controlar, y cosas que no podemos controlar. Yo intento usar mi energía sólo en las que sí puedo controlar. Por ejemplo, escribir.

Ahora vuelvo a trabajar.

 

Julieta Casnati

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